Ariana Harwicz fue desprogramada de un festival en Granada. La mesa se llamaba Oponerse al mundo. Estaba prevista para el viernes 26 de septiembre a las siete y media de la tarde, en la Plaza de las Pasiegas, y la compartían el escritor granadino Jesús Ortega y la novelista argentina.
El 17 de septiembre, la Red Universitaria por Palestina de Granada le escribió a la organización del festival Cultur-Alh pidiendo que reconsiderara esa presencia.
El 19, las directoras del festival, Ana Gallego Cuiñas y Patricia Escalona, la retiraron del programa.
Ana Gallego Cuiñas es catedrática de Literatura Hispanoamericana y decana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, una de las críticas que más escribió en España sobre la última narrativa argentina escrita por mujeres, y en un trabajo de 2020 sobre feminismo y literatura argentina ubicó a Harwicz entre las novelistas que le plantan cara "al ideario dulce y gratificante de la experiencia maternal desde el tabú del filicidio".
La Universidad de Granada sacó un comunicado el sábado pasado. La institución conserva el beneficio del gesto y transfiere el costo a dos mujeres que dirigen un festival: no revierte la decisión, no repone a la autora, ni discute el criterio con el que se la retiró y tristemente se lava las manos, como si una universidad de semejante estirpe no tuviera la agencia para administrar la censura.
La actitud de la Universidad de Granada es de una cobardía específica, que es la cobardía de la atribución. Desprogramar a una novelista y después explicar que fue cosa de otros es una operación de prensa solo con forma superficial de principio y de una cobardía intelectual supina.
Un festival elige, y elegir es excluir; nadie tiene derecho a un escenario, y una programación no es un servicio público al que cada escritor pueda reclamar su turno.
Solo que Harwicz ya estaba invitada. La curaduría había ocurrido. Y el título de la mesa que la convocaba estaba muy bien asignado.
Lo que pasó el 19 de septiembre no fue una selección de invitados sino una revocación, tomada después de una carta y explicada con un argumento que no era literario. Las directoras dijeron que su presencia habría hecho "muy improbable" la conversación, dada la protesta previsible. Tuvieron miedo al escándalo, al ruido, a la protesta, a la discusión.
No dijeron que la autora y sus opiniones eran incompatibles con la línea de pensamiento del festival, dijeron que resultaba incómoda de administrar.
La libertad de expresión suele discutirse como si fuera un privilegio del que habla. No lo es, y de ahí viene toda su fuerza.
John Stuart Mill lo puso en una sola frase hace más de siglo y medio: "el mal peculiar de silenciar una opinión consiste en que se le roba a la especie humana, y más a los que disienten de esa opinión que a los que la sostienen, porque si es verdadera pierden la posibilidad de cambiar error por verdad, y si es falsa pierden algo casi tan valioso, que es la percepción más nítida de la verdad que produce su choque con el error".
El damnificado del 26 de septiembre no es Harwicz, que tiene editorial, traducciones y esta semana más lectores que nunca, sino las personas que iban a sentarse en la Plaza de las Pasiegas, y son los que habrían discutido con ella a la salida.
Nadie está obligado a opinar. El silencio no obliga a nada. Pero las firmas de los siete autores que celebran la decisión sí obligan a pensar los límites de la cancelación porque fijan un precedente como mínimo cuestionable.
El instrumento, además, no tiene dueño.
Adania Shibli nació en 1974 en una aldea de Galilea, es palestina, escribe en árabe y vive entre Jerusalén y Berlín. Su novela Un detalle menor reconstruye la violación y el asesinato de una joven palestina a manos de soldados israelíes en 1949, un hecho real con expediente judicial que ella cuenta dos veces: primero desde la sequedad del parte militar, después desde una mujer que décadas más tarde se obsesiona con averiguar qué pasó. El libro fue finalista del National Book Award de literatura traducida en 2020 y candidato al Booker Internacional en 2021. En octubre de 2023, días antes de la ceremonia en la que Shibli iba a recibir el LiBeraturpreis en Frankfurt, Litprom la suspendió, y entonces se habló de contexto, de oportunidad, de condiciones inadecuadas para la conversación literaria.
El mismo argumento, con el signo cambiado. Más de mil escritores firmaron contra aquella suspensión y tenían razón.
Los que firmaron aquella carta tienen hoy la obligación de firmar esta.
Hannah Arendt, que no escribió sobre la censura pero sí sobre lo que la censura deshace, lo había formulado con la claridad que la caracteriza: el mundo común se acaba cuando se lo ve bajo un solo aspecto y se le permite presentarse en una sola perspectiva.
No dijo que fuera injusto. Dijo que se acaba.
También lo dijo Edward Said.
En 1999, en Weimar, Said, el autor de Orientalismo, fundó con Daniel Barenboim una orquesta de jóvenes músicos árabes e israelíes y pasó sus últimos años haciendo que esos chicos tocaran juntos, unidos en todos los escenarios en los que fueran recibidos. Y no le fue fácil. Said fue miembro del Consejo Nacional Palestino durante catorce años, denunció los acuerdos de Oslo como una capitulación y la Autoridad Palestina le prohibió los libros en 1996. Las dos cosas eran para él una sola. En Cultura e imperialismo escribió que nadie es hoy una sola cosa, que las etiquetas son apenas puntos de partida que luego la experiencia real desborda en un minuto. El boicot cultural necesita exactamente lo contrario: que cada autor sea una sola cosa, y que esa cosa esté escrita en su pasaporte o en su última declaración pública en redes sociales desde la comodidad de un escritorio, una editorial, una biblioteca.
Sostengo que la destrucción de Gaza, la matanza de civiles, el hambre usada como método y la aniquilación material de una sociedad entera constituyen crímenes de los que el gobierno de Israel tendrá que responder ante un tribunal y ante la historia. Sin embargo, si la causa palestina realmente me importa, me importa también qué se hace en su nombre.
Si Harwicz y yo compartiéramos mesa el viernes, la discusión sería áspera y yo no cedería un centímetro. Defenderla no requiere estar de acuerdo con ella sino exactamente lo contrario: requiere que el desacuerdo sea la condición en la que una y otra hablan.
Si los que estamos de acuerdo con defender la causa Palestina celebramos en silencio cada vez que alguien del otro lado se queda sin micrófono, esa celebración es un error de cálculo, además de una bajeza. La causa palestina es fuerte por sus hechos: por las cifras, por las imágenes, por los informes, por el testimonio. No necesita que nadie se calle para ganar una discusión, y cada vez que se apoya en el silencio ajeno pierde la única ventaja que tiene, que es no necesitarlo.
El movimiento que hoy retira a una autora pro israelí de un festival español está entrenando a las instituciones en un reflejo que mañana se va a usar contra un poeta de Gaza invitado a Berlín.
El procedimiento que se acaba de instalar en Granada (recibimos cartas, evaluamos el clima, retiramos el nombre) tiene olor a oportunismo y ceguera.
La obra de Harwicz circula con igual intensidad dentro y fuera del español: una película de Lynne Ramsay con Jennifer Lawrence estrenada en Cannes el año pasado sobre su primera novela, premios internacionales, traducciones a varios idiomas y, esta semana, más lectores de los que le habría dado su presencia en un festival de literatura.
Lo que se pierde no lo pierde ella, lo pierde la idea misma de que un festival sirva para algo.
Tomemos por ejemplo su novela Matate, amor sobre una mujer que se deshace en una casa del campo francés, escrita en una lengua que muerde. Es una obra impecable que superará el tiempo y será un referido para definir qué significa la escritura comprometida con el hecho artístico hasta la médula. Su autora, en las entrevistas, sostiene posiciones con las que no estoy de acuerdo. Ambas cosas son ciertas al mismo tiempo, y la literatura consiste precisamente en que puedan serlo.
Y el boicot cultural, cualquiera sea su causa, exige que esas incomodidades dejen de serlo: convierte a cada escritor en vocero de un Estado, a cada novela en una declaración jurada y a cada mesa redonda en un control de ideología. El problema termina siendo quién está a cargo de los controles. Ese lugar es el más álgido del mundo cultural hoy. Quién pone el sello que habilita o no la entrada. Que estemos hablando de eso es lo más preocupante y no porque, como dije antes, no haya curaduría o selección, sino por lo endeble de esas elecciones y lo fácil de manipular que resulta el miedo a "oponerse al mundo" correcto según —de nuevo— quién tiene el sello en la mano.
El viernes 26, a las siete y media, en la Plaza de las Pasiegas, Jesús Ortega va a hablar solo de cómo oponerse al mundo (?). La silla al lado va a estar vacía, o la van a sacar discretamente antes de que llegue el público. Los estudiantes que pidieron esa silla vacía van a escribir un comunicado explicando que no son un riesgo para nadie. Las directoras van a decir que el festival transcurrió con normalidad y que la desinvitación fue para prevenir disturbios, y que nada tiene que ver con las ideas de la autora.
El rectorado no va a decir nada.
Todos los involucrados cobrarán sus euros, brindarán por el triunfo de la libertad en los bares tardíos al final del congreso y volverán a la tranquilidad de sus bibliotecas.
La autora, sin embargo, queda expuesta al escarnio público atrincherado en redes de odio y sin un micrófono que le permita opinar, discutir, ser derrotada en la conversación profunda o salir transformada, ella y los otros. Conociéndola apenas, sé que no la van a callar, pero el mundo se está volviendo un lugar cada vez más hostil y callar las voces por más molestas y desafortunadas que nos parezcan no es el camino de salida a ningún lugar.
Ya lo vivimos y sabemos a dónde conduce.
En el mismo festival, un día antes, una de las autoras que firmó a favor de la cancelación de Harwicz va a hablar sobre cómo "habitar la democracia".