Emmanuel Carrère está sentado a pocos metros, listo para responder las preguntas de los periodistas que compartimos con él un desayuno en la librería Eterna Cadencia.
"Hay dos anomalías en esta mañana", dice uno de los organizadores, "la primera es que todos llegaron muy temprano; la segunda, que nadie está comiendo medialunas".
La presencia de Carrère parece detener el tiempo: el escritor es imponente y vulnerable; intimidante y ameno; enormemente distante e infinitamente cercano. Pero, curiosamente, esas características que, a priori, parecen contradicciones, conviven en él y en su literatura de manera armónica y única, y se convierten en una literatura capaz de mostrar las luces y las sombras de todo lo que toca.
Cada línea de su cara parece contener el rastro de una historia contada o por contar. Los gestos de sus manos son figuras retóricas de la oralidad, si es que algo como eso existe.
En su paso por Buenos Aires como invitado a la 18ª edición del Filba (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires), el escritor francés fue recibido como un verdadero Rockstar o, más bien, un Litstar (si se me permite el neologismo) y cautivó en persona a quienes ya estaban cautivados por su literatura.
El viernes, más de 800 personas llegaron a la Facultad de Derecho, donde conversó con la escritora argentina Leila Guerriero durante casi dos horas (la charla está disponible en el canal de YouTube del Filba), y el sábado a la mañana otros dos centenares de lectores (o fans o ambos) acudieron al Auditorio del MALBA, donde Carrère habló una hora y media más con el periodista y escritor Javier Sinay.
Los encuentros tenían por título dos definiciones: Carrère en primera persona y Carrère cronista, respectivamente. Dos maneras de intentar retratar al retratista, como él mismo se denomina. La tarea no es fácil; el francés, además de retratista, es un amante y un maestro del montaje: muestra lo que quiere de manera aguda y milimétricamente controlada. Lo hace con sus historias, lo hace con sus personajes y también con su propio personaje cuando es parte de sus libros, ese que, según dijo, "a veces me gusta, pero por momentos lo encuentro antipático. El hecho de autonarrarse —agregó— parece como que sube el volumen de todos esos rasgos, tanto para los defectos como para las virtudes".
Emmanuel Carrère es periodista, cineasta y escritor. Es autor, narrador y personaje. Un polimorfo, multiforme e ingenioso varón, como describe el narrador de la Odisea a Ulises, solo que el escritor francés no recorre islas y territorios, sino historias propias o ajenas para llegar a su propia Ítaca, un libro donde contarlas.
La primera pregunta en la mañana del sábado fue casi un ruego: "Emmanuel, ¿cómo hacés lo que hacés? Entiendo si no tenés ganas de decirnos, pero alguna limosna, por favor", preguntó Sinay.
Tras las risas, a lo largo de la charla, Carrère nos dejó espiar su mesa de trabajo.
Contó que, escribiendo Yoga, encontró "una especie de pequeña técnica que consiste en hacer capítulos cortos, que consisten en un párrafo, sin ir al renglón, sin sangría, como una especie de bloque. Más o menos largos: pueden tener cinco líneas o cinco páginas. Y además les doy un título. Primero, me divierte encontrar esos títulos y tiene muchas ventajas: la primera es que cuando hiciste uno de esos párrafos en el día, estás contento. Luego, al final, te encuentras con entre 250 y 300 de esos párrafos. Si lo piensan, en el montaje de las películas, 250 es un número promedio de planos en una película de una hora y media o dos horas".
"Estoy muy preocupado por la claridad, por hacer que el libro sea acogedor para el lector, que tenga todo lo que necesita. Un libro es a la vez algo bastante exigente".
Entre muchas otras, Carrère combina dos cosas: por un lado, un poder narrativo único basado en ritmos, imágenes pequeñas que son ideas, faros capaces de iluminar mucho más allá de lo que dicen, una atención a los detalles más propia de la operatoria de la poesía que de la narrativa; y por otro, un juego poderoso que entremezcla la literatura y la vida de manera única. Carrère nos avisa que va a contar una historia propia o de otros, pone en escena la vida, nos deja entrar, le creemos, pero de pronto, como un verdadero titiritero de Bunraku (la técnica japonesa que utiliza muñecos articulados manipulados desde atrás por uno o varios titiriteros a la vista del público), nos muestra el artificio, alude directamente al (¿hipócrita?) lector para recordarnos que estamos frente a un relato. De esta manera logra lo que quiere: "invitar al lector a esta especie de juego" y para eso, dice, "Intento hacerlo viajar en un vagón realmente confortable. Tengo la impresión de deberle todas las consideraciones para que se sienta bien. Y en ese momento es cuando puedo ser exigente con él". De nuevo aparece esa aparente contradicción: toda la consideración y toda la exigencia.
En una masterclass sobre Carrère, el escritor italiano Marco Missiroli desarrolla una idea muy interesante: dice que sus obras son como un collar en las que el propio autor es el hilo, y las historias y sus personajes son las cuentas de ese collar; a veces son muchas, otras son pocas.
Y una vez más, no es azaroso. Carrère tiene una conciencia total de lo que hace. Trabaja constantemente en la palabra, en una puntuación exquisita que construye el ritmo y a la vez en la estructura macro, esa que engarza perlas en un hilo de seda. "Creo que me gusta que haya elementos heterogéneos que en realidad funcionan", le dijo a Leila Guerriero. "Es como el principio de la forma arcaica de hacer fuego frotando dos trozos de madera o dos sílex: hacen falta dos trozos de madera para que el fuego prenda, y yo sé que tengo tendencia a funcionar así, que una sola cosa no me basta".
Si esto es cierto para cada libro, podríamos pensar la obra de Carrère como un collar de varias vueltas, en el que Koljós (al menos por ahora) es la vuelta más larga, la que contiene a todas, envolviendo a todos los libros anteriores. Si uno quisiera ponerse grandilocuente, podría decirse que Koljós es el Carrère total.
La gran pregunta que todos nos hacemos es cómo seguirá escribiendo después de este libro que cuenta la historia de su familia a la luz de la Historia de un siglo y medio y viceversa y que adquirió semejante envergadura.
Cuando vuelva a Francia, contó en el cierre de la conferencia de prensa, "tengo que escribir para L'Obs y voy a inmiscuirme durante 15 días en una comisaría. Me lo propusieron y dije 'bueno, no puede no ser interesante esto'. Así que hago cosas así ahora. Tengo otros proyectos de reportajes y también cosas como guionista, así que no estoy desempleado", admitió entre las risas y los aplausos de despedida en esa mesa larga del viernes por la mañana.
Habrá que creerle cuando, a la noche, hablando del mismo tema con Leila Guerriero, aseguró que si bien "empieza a angustiarme un poco, es una angustia que está, a pesar de todo, atemperada por la experiencia de que esto ya ha ocurrido antes".
Estamos en la página 330 de la edición de Anagrama de Koljós. Empezó el ataque ruso a Ucrania; Carrère recorre aeropuertos y estaciones de tren junto a la asistente de producción de la película sobre su libro Limónov, en la que el escritor aparecería en una breve escena y para la cual viajó al país que ahora acaba de recibir el ataque de Rusia. Hay urgencia en el relato: idas, venidas, tumulto, vuelos que se cancelan. De pronto la narración se ralentiza y nos invita a detenernos un poco: "Una niña de siete u ocho años lleva en brazos a un gatito. Llora mientras lo acaricia porque el gatito no tiene el certificado necesario para la evacuación de animales y no hay garantías de que pueda llevárselo".
Es ahí, en el cruce de la historia con la Historia, donde Carrère construye de manera magistral el encuentro de la literatura con la vida, invitándonos —sin casi posibilidad de rechazar la invitación— a meternos tanto en la una como en la otra.
La historia de Koljós va de lo colectivo a lo privado, a lo íntimo. Y si bien el título de la obra lo encontró al final, muestra ese recorrido con esa única palabra.
"Koljós tiene la ventaja de combinar a la vez una dimensión muy íntima, infantil, con una especie de calor familiar, de la infancia, y al mismo tiempo, como se trataba de las grandes explotaciones agrícolas comunistas en la Unión Soviética, toca la gran Historia colectiva. Cuando encontré este título que permitía combinar los dos, quedé muy contento", contó en la charla con Sinay.
Tal como explicó en muchas entrevistas, dentro del mundo familiar cuando el padre de Carrère viajaba por trabajo —algo que sucedía bastante seguido—, los tres hermanos se trasladaban al cuarto de los padres. Marina, la más chiquita dormía en la cama matrimonial con la madre, y Emmanuel y Nathalie llevaban sus colchones. En la lengua familiar, a esa actividad, Hélène Carrère la llamaba "hacer koljós".
Hay un camino que vemos en sus libros, un camino de ida y vuelta, una historia que atraviesa y modifica a Carrère como persona y que él mismo convierte en literatura, devenido en autor, para provocar el mismo gesto transformador en sus lectores. La vida se convierte en literatura para llegar a nuestra vida y transformarla. Y Carrère es el medio.
Esta es la respuesta a todos aquellos que se preguntan por qué debería interesarnos la llamada literatura del yo, ese género del que tanto se habla, pero que todavía —afortunadamente— no se termina de definir.
Un yo poderoso que se atreve a contar lo que lo rodea, pero también lo personal y lo ajeno, un yo que convoca a sus lectores, que los lleva de la mano a explorar sus propios vericuetos.
"Yo no tengo ningún problema en contar cosas que puedan resultar incómodas o para nada honorables respecto de mi persona. Y pienso además que cuando uno cuenta esas cosas de sí mismo le hacen bien al otro porque el otro dice 'ah, bueno, este es igual de choto que yo...'", se sinceró en la conferencia de prensa entre risas.
Este yo de Carrère apareció por primera vez en El Adversario (2000) y nos siguió conquistando en Una novela rusa (2007), De vidas ajenas (2009), Limónov (2011), El Reino (2014), Yoga (2020), V13 (2022) y ahora Koljós (2025). Puede tener más o menos protagonismo; alterna su función: es autor, narrador y personaje, es uno, otro o incluso los tres a la vez, mira, es parte, escribe porque se lo piden o porque se lo prohíben, pero algo es seguro: siempre termina conmoviéndonos y muchas veces haciéndonos llorar, como con el final de su último libro, que cuenta sobre todo la gran historia de su madre, pero termina con la sencillez de su padre.
"Los destellos de la luz del sol juguetean en las hojas que tiene por encima. Sale de la maleza hacia el claro inundado de luz. El sol le deslumbra.
Lo dejo aquí".